La empleada del mes
En la escuela de peluquería,
Le habían enseñado,
A saber usar con maestría,
la conversación.
Encontraba las palabras justas,
Y aunque solo fuera por las puntas...
Sus clientas propinaban
Con requiebros de algodón.
En la cruel escuela de su vida,
Se había percatado,
Que tal vez por algunas partidas,
Bastaba el azar.
Pero aquellas dónde el sello pesa,
Precisaban más de su destreza
Por así ahuyentar halagos
De dudosa candidez.
Para sentirse bien,
Se reía de...
Los apodos que engancharon
En su espalda de niñez
Hacía como que...
Lo llevara bien
Y a su edad,
La nombraron como empleada del mes.
Con el rudo peso de su grima,
Había tropezado.
Y a regañadientes prefería
No disimular.
Encajaba siempre con empaque,
Sus peinados le atorgaban aire
Con el que ahuyentaba
El eco perfidioso de su andar.